Africana nº 202: Camerún, presa de la violencia

24/08/2020 | Revista Africana

La dolorosa realidad de la pandemia que padecemos desde hace varios meses nos invitaba a escoger el tema de la Covid-19 en África. Pero, dada la situación de la pandemia, inmersa todavía en un proceso inacabado, hemos pensado que es mejor dejarlo de lado, por el momento. Por ello, dedicamos este número de “Africana”, preparado por nuestro compañero Juan M. Pérez Charlín, a Camerún, un país cuya imagen se ha ido deteriorando cada vez más durante estos cuatro últimos años. La experiencia nos muestra que los problemas aparcados deliberadamente o mal resueltos se envenenan y terminan por resurgir con fuerza, más tarde o más temprano.

Uno de estos problemas, mal resuelto, es el encaje territorial de las diferentes regiones del país. Hasta el final de la II Guerra Mundial Camerún había sido una colonia alemana. Al término de la guerra, Camerún se dividió en dos partes: El 80% del país se atribuyó a Francia y el 20% restante al Reino Unido. La independencia de 1960 permitió, de nuevo, su unificación, pero el Gobierno central ignoró las reivindicaciones políticas y sociales de las regiones de habla inglesa. La crisis se fue haciendo cada vez más aguda. Desde hace cuatro años la tensión entre las dos regiones se ha convertido en declarada guerra civil. Los muertos se cuentan ya por miles y los desplazados hacia Nigeria, país vecino, por cientos de miles. Camerún es hoy por hoy un país dividido. Acaso no ha pasado suficiente tiempo desde las independencias para crear un sentimiento de unidad nacional. Pero, lo que no se puede es tratar de crearla a la fuerza.

Otro de los problemas es el del liderazgo del país. El presidente Biya está en el poder desde noviembre de 1982. 38 años en el poder son muchos años. El presidente Biya no parece tener ganas de dejarlo. Los dictadores se sienten siempre indispensables. Los liderazgos de largo recorrido favorecen la corrupción y los corruptos no quieren cambios.

Por último, el país afronta importantes retos religiosos agrava-dos por la violencia importada de Nigeria por el movimiento radical islámico de Boko Haram. Sus crímenes se han multiplicado en una amplia zona, comprendida entre el norte de Nigeria, la región del lago Chad y el norte de Camerún, áreas predominantemente musulmanas. Sus reivindicaciones son una mezcla de ambición política y fanatismo religioso. No tiene futuro, pero hace mucho daño a la convivencia entre las personas.

Agustín Arteche Gorostegui

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