Egipto fue, en 1934, el primer equipo africano que participó en un Mundial. Marruecos lo hizo en 1970, Zaire (hoy R.D. Congo) en 1974, Túnez en 1978, Argelia y Camerún en 1982, Argelia y Marruecos en 1986, Camerún y Egipto en 1990. En 1994 fueron tres los equipos africanos participantes: Camerún, Marruecos y Nigeria. Y cinco a partir de 1998 (6 en 2010 por la participación automática de Sudáfrica, país anfitrión). Y desde este Mundial 2026, con la ampliación del torneo a 48 selecciones, África dispone de 9 plazas directas, el mayor número de su historia, a los que se ha añadido R.D Congo gracias a la repesca intercontinental.
80 663 espectadores presenciaron el pasado 13 de junio, en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, el empate entre Brasil y Marruecos. Los africanos jugaron mejor y solo un gol de Vinicius (jugador del Real Madrid) impidió la victoria marroquí. Minoritarios en las gradas (el 65% sostenía a los brasileños), se calcula que unos 10.000 aficionados habían hecho el viaje desde Marruecos y otros países, mientras que varios miles de miembros de la diáspora marroquí en Norteamérica (unos 145.000) se unieron a ellos en el estadio.
Entre lo mucho que se está escribiendo sobre este Mundial, dos frases han llamado mi atención. La primera ha sido el título de un artículo del diario francés La Croix: “Cuando el fútbol corre tras el dinero”. La segunda apareció en una nota de la agencia Reuters: “Con un récord de 10 equipos africanos el Mundial 2026 tiene más estrellas africanas que nunca”. Sólo que, analizando la lista de las ocho mayores estrellas africanas propuestas por Reuters, observo que, en este orden, el marroquí Achraf Hakimi juega en el PSG francés; el egipcio Mohamed Salah juega en el Liverpool; el senegalés Sadio Mané jugó en el Bayern de Munich y ahora en Al-Nassr saudí; el marfileño Amad Diallo viene del Manchester United; Brahim Díaz, uno de los mejores de la selección marroquí, juega en el Real Madrid; el argelino Amine Gouiri lo hace en el Olympic de Marsella; el sudafricano Lyle Foster en el equipo inglés Burnley; y el ghanés Mohammed Kudus en el Tottenham de Londres.
“Cómo la migración se ha convertido en una de las claves para el éxito en el Mundial”, escribía hace dos semanas en The Conversation el investigador de Oxford Ben Brindle. Pocos habían previsto el éxito de Marruecos en el Mundial de Qatar 2022. Sin embargo, vencieron a Bélgica, España y Portugal en su camino para convertirse en la primera nación africana en llegar a semifinales. La actuación de Marruecos no solo fue extraordinaria y totalmente merecida. También generó debate más allá del fútbol porque 24 de sus miembros jugaban en el extranjero, más que cualquier otra nación en el torneo. Ya en el Mundial de Rusia 2018, 12 de los jugadores la de la campeona Francia eran de ascendencia africana. Y en este Mundial 2026 la selección inglesa confirma la importancia que para el futbol está teniendo la migración: junto a Marc Guéhi, nacido en Costa de Marfil, al menos nueve jugadores del equipo inglés tienen un progenitor nacido en el extranjero. Algunos con raíces en las antiguas colonias británicas en África y el Caribe.
En cuanto a que el futbol corra tras el dinero, «El objetivo ya no es solo organizar el mayor evento de fútbol del planeta. Se trata de maximizar los ingresos en cada etapa de la experiencia que se ofrece al espectador«. Así se expresa el geopolitólogo del deporte y autor de “FC Geopolitics: Mondial 2026” Kevin Veyssière, en el artículo de Benjamin Bousquet en La Croix. La FIFA se comporta como una multinacional, buscando siempre aumentar sus beneficios. Y con la participación de 48 equipos y un récord de partidos, la Copa del Mundo 2026 representa un mercado colosal. En Catar 2022, los ingresos fueron de 7.000 millones de dólares. Para 2026, estamos hablando de 13.000 millones. Una gran parte de estos beneficios se distribuirá entre las 200 federaciones miembros de la FIFA. Son esas federaciones las que en 2027 elegirán al presidente de la FIFA. Y se dice que, al actual presidente Gianni Infantino, le encantaría seguir siéndolo.
Y ¿cómo se consiguen los millones? Las entradas para la final oscilan entre 2.790 dólares y 6.370 dólares. Si España consigue alcanzarla, el forofo español habrá gastado unos 6.000 dólares solamente en las entradas para los diferentes partidos, sin contar transporte (con elevadas distancias entre las sedes de los tres países anfitriones) y alojo (precios USA). Además, la FIFA, en su plataforma oficial, ha autorizado la reventa de entradas, de manera que un aficionado que habría comprado una por 500 dólares, podría revenderla, a veces por el doble, unos días antes del partido. El 28 de mayo, Quirino Mealha informaba en Euronews: “Entradas para el Mundial 2026: Nueva York y Nueva Jersey demandan a la FIFA por prácticas engañosas y precios desorbitantes”. Y el 3 de junio, el londinense The Telegraph (antiguo The Daily Telegraph) publicaba un artículo de Ben Rumsby en el que se aireaba la sospecha de que la propia FIFA haya comercializado entradas para el Mundial a través de plataformas de reventa no oficiales. El artículo no demostraba que FIFA estuviera revendiendo entradas encubiertamente, pero sí que estaba tratando de deshacerse de entradas sobrantes sin rebajar oficialmente los precios.
En resumen, que en este Mundial 2026 van a brillar los futbolistas africanos, pero que pocos aficionados africanos podrán permitirse el lujo de acompañarlos físicamente.
J. Ramón Echeverría
[CIDAF-UCM]
