Estaba previsto que la cuarta Cumbre del Foro India–África tuviera lugar en Nueva Delhi del 28 al 31 de mayo de este año. La Cumbre fue pospuesta el 21 de mayo debido a un brote de ébola en la República Democrática del Congo. La declaración conjunta de India y la Unión Africana citaba la «evolución de la situación sanitaria en partes de África» y la necesidad de garantizar la plena participación de los líderes africanos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) acababa de declarar el último brote de ébola “emergencia de salud pública de interés internacional”.
India se presenta hoy como un socio del «Sur Global» y enfatiza la cooperación entre países en desarrollo. Ha apoyado un mayor papel africano en las instituciones globales y en 2023 respaldó la admisión de la Unión Africana como miembro permanente del G20. También busca un “hueco económico” en el continente, en competición con la UE, los EE. UU., China y, más recientemente, Turquía. Según declaraciones del gobierno indio, en el año fiscal 2024-2025 el comercio entre India y África superó los 100.000 millones de dólares (casi el doble de los 56.000 millones de dólares en 2019–20). India importa petróleo crudo, gas, oro y otros minerales, carbón y fertilizantes. Y exporta medicamentos, productos petrolíferos refinados, vehículos, maquinaria, además de bienes de consumo y servicios digitales.
En la relación India-África, los intereses prácticos (comercio, tecnología, energía, educación y geopolítica) son los más aparentes. Pero esa relación sigue enraizada en una historia compartida de solidaridad anticolonial y de países en desarrollo. En 1955, en la Conferencia de Bandung (Indonesia), el indio Jawaharlal Nehru y varias figuras africanas anticoloniales se reunieron para denunciar el imperialismo y defender que sus naciones pudieran trazar sus propios destinos, fuera de las esferas de influencia estadounidense y soviética. En la Cumbre de Belgrado de 1961, India fue uno de los cofundadores oficiales del NAM (Movimiento de los Países no Alineados) junto a Yugoslavia, Egipto, Ghana e Indonesia. Para Nehru, el NAM debía reflejar una visión moral de la política exterior, en torno a la cual otras naciones poscoloniales pudieran unirse y salvaguardar su libertad de elección en un mundo polarizado. Las naciones africanas, que habían ganado recientemente o luchado por la independencia, se sumaron al movimiento, utilizándolo como una plataforma internacional importante. De los 121 miembros del NAM (más 18 países observadores y 10 organizaciones internacionales), 54 son los países africanos, incluyendo Namibia y Zimbabue que se adhirieron en 1979.
La realidad suele poner en su sitio a las ideologías. En 1962, la guerra fronteriza con China (China participa en el NAM como observador) empujó a la India hacia el pragmatismo. Durante la guerra de 1971 con Pakistán, la misma India que había cofundado el NAM firmó el Tratado de Paz, Amistad y Cooperación Indo-Soviético. Y le llovieron las críticas. Luego, en 1979, cuando Cuba asumió la presidencia del movimiento, su líder Fidel Castro argumentó que la Unión Soviética era la aliada natural del Movimiento de Países No Alineados, una afirmación que muchos otros miembros rechazaron rotundamente. ¿Sería imposible mantener en la práctica una verdadera no alineación? Y, de todos modos, ¿para qué iba a servir el no alineamiento del NAM tras el colapso de la Unión Soviética y la desaparición de los “dos bloques” en 1991? De hecho, la propia política exterior de la India cambió drásticamente en este periodo. India se alejó de la estricta no alineación hacia lo que los estudiosos llaman “autonomía estratégica” y “multialineación”. Que cada país busque relacionarse con quien más le interesa, sobre todo económicamente. Y a la India le conviene hacerse un hueco económico en África, en competición con quienes ya tienen sus nichos en el continente, especialmente China.
Sólo que la economía necesita el envoltorio de una “marca” nacional. Así que miles de estudiantes africanos estudian en universidades indias. India organiza también programas de formación para funcionarios civiles africanos, ingenieros, diplomáticos y oficiales militares. También existen comunidades de origen indio de larga trayectoria en países como Sudáfrica, Kenia, Tanzania, Uganda y Mauricio. Sirven como puentes comerciales y culturales entre la India y las sociedades africanas. A lo largo del oeste del Océano Índico, tanto la India como los estados africanos están preocupados por la piratería, el terrorismo y la seguridad de las rutas marítimas. Y la India ha ampliado la cooperación en defensa con varios países africanos mediante entrenamiento militar, cooperación en seguridad marítima, ventas de armas y operaciones antipiratería.
Muchos diplomáticos africanos imaginan que la cuarta Cumbre del Foro India–África, que ha sido pospuesta, se ocupará prioritariamente de la seguridad sanitaria, la fabricación farmacéutica local, la infraestructura pública digital y los minerales críticos. Reaccionaría así ante dos experiencias recientes: la pandemia de la COVID-19 en África y la competitiva presencia económica de China en África. A medida que aumentan las tensiones entre Estados Unidos y China, y que conflictos como la guerra de Ucrania obligan a tomar decisiones difíciles, muchos países en desarrollo prefieren, una vez más, no tomar partido, ya que sus economías dependen del comercio y la inversión de potencias rivales. En este sentido, el principio de autonomía estratégica que surgió de la no alineación parece cada vez más relevante en un mundo que se dirige hacia la multipolaridad. Y no hay que olvidar que de los 121 miembros del NAM, que ya se daba por muerto, 54 son países africanos, incluyendo Namibia y Zimbabue que se adhirieron en 1979.
J. Ramón Echeverría
