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Inicio > Bitácora africana >

Nuno Cobre

Sin que nadie le preguntase si estaba de acuerdo, a Nuno Cobre lo trajeron al mundo un día soleado del Siglo XX. Y ya que estaba por aquí, al hombre le dio por eso que llaman vivir.

Sin embargo, durante mucho tiempo creyó Nuno que el mundo era sólo eso, sólo eso que se presentaba de manera circular y hermética ante sus ojos. Se asfixiaba. A veces. Pero algunos viernes o lunes por la mañana, una vocecita fresca y lejana le decía que habían otras cosas por ahí, que debían haber otras cosas por ahí.

Y un día Nuno Cobre salió y se fue a la Universidad, y un día siguió viajando y al otro también, y al otro, mientras iba conociendo a gente variopinta y devorando libros sin parar… Entonces descubrió con un cierto alivio que no estaba solo. Que habían más. Cuando llegó la hora de elegir, Cobre decidió convertirse entonces en viajero sólido y juntaletras constante, pero quería más, un más que venía del Sur. Y fue así como el latido africano empezó a morderle tan fuerte que una noche abrió la puerta del avión y se bajó en un país tropical. África.

Los temores. Llegó con cierto temor a África influenciado por la amarilla información occidental ávida de espectáculos cruentos y de enfermedades terminales. Y resultó que en lugar de agitarse, a Cobre se le olvidó la palabra nervios a la que empezó a confundir con un primo lejano. Y así fue como se llenó de paz, tiempo y vida.

Tras varios años en África, Nuno Cobre sólo aspira a lo imposible: vivir todas las experiencias mientras le da a la tecla, a los botoncitos negros del ordenador que milagrosamente le proyectan un nuevo horizonte cada día.

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Caminando por el infierno de Monrovia, capital de Liberia (4) de (14) “Mucha policía, poca diversión“ , por Nuno Cobre

4 de septiembre de 2015.

He tenido suerte y el azar ha querido que por aquí estuviese el responsable de mantenimiento de la organización donde trabajo, que me ha calmado puesto que mi actitud había caído en el nerviosismo y en la torpeza. De todos modos resultaba impotente comprobar como estos dos policías estaban encantados de tener una presa inocente en su poder (encima blanco) para demostrar a la jerarquía su valía y lo buen profesionales que eran. Me he sentido impotente también porque los policías han insistido en llevarme a una especie de cuartelillo en frente de la antigua embajada norteamericana. He sentido vergüenza al caminar escoltado por un policía y apuro cuando una compañera de trabajo de nombre Confort, ha pasado con una moto y me ha preguntado con un grito ¿qué pasa?

He tenido suerte de que durante el trayecto no apareciese ningún compañero ni ningún jefe. La policía por aquí en el cuartelillo ha sido en todo momento muy amable conmigo, y no he tenido problemas. He tenido que rellenar una ficha con mis datos y según ellos, el asunto ha quedado zanjado. Luego, he cometido la torpeza de volver a Benson Street para seguir mi ruta y he sacado varias fotos del templo masónico y de la misma Benson Street y he visto como de nuevo se ha acercado el policía de antes, histérico. Pensaba que simplemente venía a comentarme que qué tal había ido por allí, pero el tipo llevaba los ojos inyectados en sangre y caminando muy deprisa recriminándome que había vuelto a sacar otra foto. Me ha puesto muy nervioso, extremadamente nervioso y le he enseñando entre indignado e histérico, mis fotos de Benson Street, donde en un costado, según él aparecía la embajada. Entonces ha vuelto a coger el walki y se ha puesto a llamar diciendo, “el mismo individuo ha vuelto y se ha puesto a sacar fotos de nuevo”. Me ha puesto enfermo esta actitud, e indignado me he dirigido yo mismo al “cuartelillo” para enseñar las fotos que no tenían nada que ver con la embajada.

Por el camino me he encontrado con el otro policía y le he dicho que me acompañase. Al llegar de nuevo a la antigua embajada he salido del taxi amarillo y le he vuelto a enseñar mi cámara de fotos al responsable de seguridad, que ante la evidente absurda situación, me ha dicho que me fuera. Estaba realmente nervioso y esta vez no he querido volver para Benson Street ni en pintura. Me ha avergonzado la situación, con una fila de liberianos observando todo el espectáculo. Casi me he sentido como un delincuente y me he dado cuenta que en la vida uno puede cambiar de rol en cualquier momento y que debe tener siempre mucho cuidado. He aprendido la lección y nunca más volverá a pasar.

Todavía nervioso, tenso, con una sensación de incomodidad, he bordeado de nuevo el estadio Tubmang y ahí me he encontrado con Dashi al mando del Nissan Pathfinder de la organización. Me ha dado la impresión de que se hacía el loco. Me he sentido violento al presenciar este panorama. De pronto había perdido todo mi glamour como miembro de la comunidad internacional, y no era más que un vulgar transeúnte en pantalones cortos, un mochilero sin dinero que lo único que hace es molestar. He notado de pronto la falsedad, la hipocresía del mundo, de la gente, sabes, todo eso.

He remontado hasta Carey Street tras pasar por un tramo de tejados de zinc y chabolas. Más de lo mismo en Carey Street, aunque un tipo que se parecía o imitaba a Charles Taylor me ha dicho con una sonrisa que le hiciese una fotografía. Me ha parecido que esa sonrisa era la sonrisa del alivio, y me he dicho que al final siempre sale la luz por algún lado. Que la sonrisa vuelve. Que la sonrisa es inmortal. En Carey Street, se apiñaban un grupo de liberianos alrededor de un tablero de damas y de otros juegos de mesa. Desde Carey Street he llegado por fin a Broad Street, la calle más importante de Monrovia y puede que de todo Liberia donde los flamboyanes dividen la calle en dos. He sacado una fotografía de toda la carretera, el bullicio, los taxis amarillos, la misma foto que vi una vez por internet, antes de venir a Liberia. Aquí he comprobado como el cine Rivoli está en pie y proyecta películas. Así que tenemos sesiones de cine en Monrovia, vaya. La cartelera sigue el mismo estilo facilón y cutre de las películas que se venden en la calle, es decir pelis de asesinatos, persecuciones y amores facilones. Aquí he tomado una fotografía del Evelyn’s, dicen que el mejor sitio para comer arroz de toda Liberia.

Ya que estaba en Broad Street, era el momento de ver al duque. Hace tiempo que se supone que teníamos que haber comido o cenado. En realidad, mi único interés es que me cuente batallitas de Monrovia, de Liberia, y ya está. En la entrada me he encontrado con un apocado Francisco que me ha dicho que el negocio de la chatarra va mal. El hombre estaba quemado, apagado y esperaba hablar con el duque. Yo me he metido un momento, y me he encontrado como siempre al duque dando órdenes despóticas a sus empleados. El duque me ha recibido muy bien, me ha invitado a entrar junto con Francisco y nos ha invitado a un café. Nos cuenta el duque que está metido en un nuevo negocio, que va a renovar la oficina y empezar a trabajar con una nueva compañía. Me doy cuenta de que mira mi cámara fotográfica de vez en cuando, un tanto molesto.

Es un crack este hombre y de pronto te hace sentir como que es tu “culpa” y que se preocupa mucho por uno. Le digo que cerremos ya una comida, un encuentro, pero me dice que no es posible porque esta su mujer aquí, que ya me llamará. Me pone como ejemplo de montárselo a John, de irme a la India, a Kenia etc. y le digo que ya que estoy aquí, prefiero ir a sitios que más adelante serán difíciles de visitar como Guinea Conakry, Burkina Faso etc. Salgo de ahí al poco y quedamos en que me llamará. Noto como Francisco se alegra de mi marcha para ponerse a hablar de lo suyo.

Original en :Las Palmeras Mienten



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